***ÁNGELES EN EL RÍO***
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Las horas y el día ya estaban avanzados, pronto se hizo la noche, y dentro de la camioneta, el calor parecía más pesado, entonces nos quedamos dormidos, era ya, la segunda noche viajando, de pronto se sintieron ruidos extraños, fuera, el viento había comenzado a levantar fuerza y los relámpagos centellaban entre las negras nubes del cielo.
Nos despertamos asustados, en ese momento mamá había pasado para atrás, a descansar con nosotros y Don Nico estaba adelante con papá y el pastor Daniel. Los dos más pequeños comenzaron a llorar y pegamos la nariz a las ventanas…
¡Cuan fuerte se veía la tormenta! , ramas de árboles rodaban por la carretera y en el campo los rayos se hacían enormes de lado a lado de la noche oscura…y la lluvia comenzó a caer con fuerzas…
Se abrió la ventanilla que daba al frente y Daniel dijo que pararíamos a un costado de la ruta porque no se veía nada para avanzar y que debíamos pedir a Dios que nos cuidara esa noche.
Nos acurrucamos al rededor de mamá y casi no se podía oír lo que ella decía por los truenos, así que recuerdo que nos abrazamos todos y rezamos pidiendo protección a Dios, y que sus ángeles nos protegieran en medio de esa tormenta tropical que nos rodeaba peligrosamente.
No sé cuánto tiempo paso de eso, pero lentamente uno a uno nos fuimos quedando nuevamente dormidos. Era como que, al estar con mamá los miedos se fueran, y esa noche ella nos dijo que cada uno de nosotros tenía un ángel de la guarda personal que por lo tanto en la camioneta no estábamos solos en medio de la tormenta, sino que había un ángel por cada uno de nosotros, nos hizo contar cuántas personas éramos y multiplicar por dos, así que para nuestro asombro habían ocho ángeles poderosos cuidando de nosotros…¿qué podría pasarnos?, así que mientras hablábamos de esto, nos fuimos quedando dormidos los cuatro.
A la mañana siguiente, cuando despertamos estábamos parados frente a un caudaloso río, el agua colorada rugía en un torrente que traía arrastrando grandes troncos, ramas y camalotes que chocaban contra la costa.
– Mamá, ¿vamos a cruzar ahí, cómo si no hay puente?- preguntó Tom abriendo sus grandes ojos marrones.
– En una balsa hecha de grandes troncos de árboles, pero estamos esperando nuestro turno, porque ahora están pasando un camión cargado de troncos gigantes que llevan para hacer muebles en la ciudad. Miren por la ventanilla, pero no salgan fuera de la camioneta.-

El sol estaba saliendo por detrás de los árboles y el torrente del río se veía revuelto, en el medio del río parecía estar flotando un gran camión cargado de rollos de madera gigantescos, el agua subía sobre el piso de la balsa y daba la impresión de que se rompería en cualquier momento, los hombres luchaban contra la corriente, la soga que ataba la balsa estaba tensa y daba la impresión que no resistiría tanta presión.
Entre el rugir del río se oyó gritar a uno de los hombres, que una de las sogas se había reventando, un señor que miraba desde la orilla, dijo que tendrían suerte si la otra cuerda resistía el peso del camión hasta llegar a la otra orilla.
En ese momento de tensión se abrió la puerta dé atrás de la camioneta, y Don Nico, dijo algo que nunca se me olvidaría.
– ¡Anoche, los ángeles, realmente nos cuidaron!, porque sin saber que el río estaba crecido por la lluvia, nos detuvimos justo antes de llegar a la orilla, de lo contrario hubiéramos sido arrastrados por el torrente y en medio de la noche no tendríamos ayuda de ningún lado. Ahora, solo hay que esperar que la balsa no se rompa y cuando sea nuestro turno cruzaremos, y, no tengan miedo chicos, porque seguro que cruzaremos sin problemas, ya no tengo dudas de que Dios es maravilloso con nosotros.-

En ese momento no podíamos entender mucho del peligro que representaba ese río, la balsa y la tormenta pero sí, nos dimos cuenta que, los mayores estaban asombrados y que si pasaba ese gran camión sobre esos troncos atados unos con otros, entonces nosotros también podríamos pasar al otro lado para continuar nuestro viaje.

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EN LA BALSA

Las olas golpeaban fuerte los troncos donde se apoyaba la camioneta.

Nuestros ojos estaban atentos a cada movimiento y con las narices apretadas contra la ventana mirábamos extasiados el movimiento del agua colorada y revuelta.

Había un silencio entre todos, solo el balanceo de la balsa parecía luchar contra la corriente,

El grito de los hombres a cargo, se perdía entre el viento.

Mamá oraba con la cabeza entre las manos… -para que los ángeles nos cuidaran- decía.

Y creo que fue así, llegamos al otro lado y cuando las ruedas tocaron tierra, se sintió un suspiro aliviado de todos los que ocupábamos la camioneta.

Entre tumbos y barro colorado fuimos saliendo del lugar.

Llegamos a la ciudad pasada la siguiente noche, la casa que nos esperaba era enorme, parecía un castillo de la época colonial, delante en la primera sala funcionaria el salón donde se realizaban las reuniones espirituales.

El patio, para sorpresa nuestra ¡tenía hamacas!, eso fue un grito de alegría unánime para los cuatro y nuestro deleite en los largos días de verano.

Mamá se enfermó al poco de llegar, recuerdo que tenía que cocinar y ayudar con las cosas a papá.

Por alguna razón que no recuerdo, ella solo dormía y no se levantaba, creo que estaría depresiva, cansada o simplemente enferma.

Un día mi hermano cayó de la hamaca y se desmayó, ese fue un susto que no olvidaré jamás, verlo tendido en el suelo y llamar a papá a los gritos para que lo ayudara. Luego de mojar su cabecita en la canilla del patio el reaccionó.

En ese momento, yo tenía doce años, y creo que ahí comprendí que la vida se puede escapar de nuestras manos, entendí  que podía perder a mamá, a mis hermanos o que me podía pasar algo a mi en cualquier momento y eso escaparía de nuestro deseo de vivir o era más fuerte que el amor que nos teníamos como familia.

A los tres meses de estar ahí, en la capital, papá fue trasladado al norte del país, un lugar cerca de la selva y donde decían que aún había indígenas habitando la zona.

Le viaje nuevamente fue en las mismas condiciones, la camioneta del jefe de papá.

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LA NUEVA CIUDAD…

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¡Que extraño parecía todo!, la tierra colorada, el calor, pero había algo en las calles, árboles en flor.

Árboles amarillos, rosados, blancos y celestes.

¡Que  bienvenida nos daban!

Ellos nos saludaban en las calles de la nueva ciudad, nueva para nosotros, porque nos parecía estar dentro de un gran cuento de hadas.

Nuevamente la casa grande y colonial, esta vez, con nueve habitaciones, un gran baño con una gran bañera donde imaginamos que sería nuestra piscina.

Recorrimos el patio, enorme, con árboles de naranjas, guayabas, uvas, mangos y bananas.

Nos habían dicho que el agua debía ser hervida antes de tomarla y mamá hervía grandes cantidades, y las colocaba en unos cántaros de barro cocido en el rincón de la cocina y del comedor.

El clima tropical hiso con nosotros, los chicos, estragos en nuestras salud, nos enfermamos con granos y cosas en la piel que no conocíamos, creo que ahí descubrimos lo que era tener bichitos en la cabeza, pobre mamá tenía que lidiar con todo eso, además de que muchas veces debió ir a lavar ropa sobre las rocas del río, como las otras mujeres, porque no había lavarropas, ni otras comodidades a las que estaba acostumbrada.

Recuerdo esas idas al río con mamá, nosotros aprovechábamos para bañarnos y jugar entre las rocas, mientras mamá junto con otras mujeres charlaban y reían mientras se pasaban recetas u otras informaciones prácticas de las que mamá estaba descubriendo.

En las calles de piedra, se veían las grandes carretas con sus ruedas de madera, y no olvido la sorpresa nuestra de descubrir lo que después supimos, no eran vacas tirando las carretas, sino bueyes.

Pronto llegaría el inicio de clases, ¿dónde iríamos?, recuerdo que me sorprendí, que por primeras vez fuéramos a una escuela pública y no a la de la iglesia, porque allí no había colegios de nuestra religión.

Eso es otra historia…

**SIGUE….VOLVE POR ACA Y LO VERAS….**

6 thoughts on “RECUERDOS 2

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