¡Quiero vivir!

Muchas veces rogamos a Dios por vida, por salud por dinero por riquezas.
Clamamos desesperadamente por cosas pero no nos damos cuenta que estas cosas, solo son vanidades pasajeras.

NO soy consciente que la vida que quiero no está en esta tierra. Porque lo de este mundo pasa y se desvanece en el tirano tiempo. Que las riquezas que el mundo ofrece son solo pasto para el fuego y carne para gusanos el día de mañana será mi cuerpo. Y nada podré hacer en ese momento para impedirlo.
¡Ah como anhelo entender las riquezas de la inmensidad, del más allá!
Entonces como el joven príncipe, preguntó una vez, clamo al Maestro:- ¿Qué me falta para alcanzar la vida eterna?, ¡quiero vivir, merezco vivir! –
Pero cuando el responde, mirando tiernamente mi rostro, buscando abrazarme con su amor infinito. No entiendo nada, porque respondo lo mismo que este príncipe… – Todo eso ya lo sé, todo eso ya lo hago desde chico. Soy bueno, no hago mal a nadie. Ayudo a la gente y cumplo con los mandamientos, no mato a nadie. –
Pero en la obediencia vacía, en la obediencia que no penetra mi carácter, la esencia del amor se desvanece entre la vanidad del egoísta corazón humano. Dejo pasar la gran oportunidad de encontrar el camino a la eternidad. El camino a la felicidad eterna, ¿acaso no es eso lo que perseguimos todos? . El ser felices es la búsqueda sin fin del ser humano, pero dejamos de lado al autor de la felicidad. Por aferrarnos a las cosas de este mundo. Y le damos la espalda al único que puede darnos la paz, la felicidad y la vida eterna. La entrega del yo, a los pies de Cristo, es la clave de la verdadera felicidad.     Esta está en el gozo del servicio desinteresado a todo necesitado y a quienes nos rodean instante a instante en el diario andar por la vida. Y cuando levante al caído, cuando ayude al débil. Cuando ponga todo lo que tengo al servicio desinteresado y amante por las personas. Entonces recién poco a poco entraré en el gozo del cielo. Paso a paso en el amor caminaré con Dios hasta el día en que sin darme cuenta él dirá:-
– ¡Oh! Estamos más cerca de mi casa, entra en el gozo de la vida eterna. Entra que aquí tengo lugar para ti. Ven tú y todos los que contigo están. –

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Cuerpo Espiritual

Con las cosas del cuerpo entiendo las cosas de la tierra, con las cosas del espíritu entenderé las cosas que son espirituales.

Tu voto:

  Con las cosas del cuerpo entiendo las cosas de la tierra, con las cosas del espíritu entenderé las cosas que son espirituales.

¿Y Cuáles son unas y otras?  Mi cuerpo animal entiende su necesidad de alimento, si siente frío o calor. Pero mi cuerpo espiritual debe estar conectado con las cosas que son del más allá, de aquellas que son intangibles. Lo que sucede es que estamos tan conectados con el cuerpo que nuestro espíritu se debilita cuando no es alimentado por las cosas celestiales.

Miramos lo que tenemos a la altura de nuestras narices. Y juzgamos aquellas cosas que satisfacen nuestras necesidades del cuerpo animal. Buscamos la satisfacción de las cosas que pueden llenar nuestra vida cotidiana, como si nuestro ser solo estuviera compuesto por los deseos de la carne. Del cuerpo en su estado puramente físico. Y olvidamos con mucha facilidad nuestra parte espiritual. Sin pesar que cuando nuestro cuerpo sea solo semilla en la tierra o polvo que se lo lleva el viento, el mar o el fuego; lo único que nos salvará de la desaparición completa será nuestro mundo, nuestro cuerpo espiritual.

Todo dependerá de cuán alimentado y fortalecido esté nuestro mundo espiritual. Y para entender este mundo espiritual es necesario que lo alimente ahora. Con la meditación en las cosas espirituales. En la quietud de un lugar apartado. En el cuarto cerrado de nuestra casa, o bajo un árbol. En silencio en oración, buscando las cosas de arriba y no las de esta tierra. Dejando de lado lo de este mundo, buscando lo intangible, lo invisible, la presencia de Dios en medio de la inmensidad del cielo será revelada a esta pequeña alma viviente que lo busca en humildad.

Pensamiento basado en 1 Corintios 15: 1- 58.